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By: Domingo Giribaldi

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Saturday, 12-Feb-2005 00:00 Email | Share | Bookmark
Armando Robles Godoy

Armando Robles Godoy
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Armando Robles Godoy
Ni en trípode,ni al hombro. Las nuevas cámras se manejan hasta en la palma de la mano.
Ser o no ser en el Perú

Para un cine como el peruano, que adolece de una carencia crónica de fondos, la promesa digital puede ser su salvación o, mejor dicho, su única posibilidad de ser.


Viernes, 17 de Diciembre de 2004
Edición impresa El Dominical
Diario El Comercio


Un hombre flaco bajo la lluvia
Hace poco, disculpando una falta cometida, un político veterano dijo que no se trataba de un delito, sino de un pecado. Esta sentencia implicaba que el delito es más grave que el pecado; o que juzgar este no corresponde a quien juzga aquel.

Además, se desprende de lo anterior que es posible determinar, con exactitud, la diferencia entre el pecado y el delito. Y, para mí al menos, esto es tan difícil, que se acerca a lo imposible.
Otra implicancia de este dilema, no menos interesante, se relaciona con los castigos respectivos: ¿es mayor la pena por delinquir que la pena por pecar? A primera lectura, el delincuente se enfrenta a la cárcel, a la cadena perpetua, o a la muerte; mientras que el pecador solo es amenazado con las penitencias confesionales, la excomunión, o. la condenación eterna. Casi nada.

Estas reflexiones me asaltaron al leer los avisos publicitarios en los que se advierte que el libro pirateado es un robo. Lo que, fuera de toda duda, es cierto. Como es cierto que el robo es un delito. Pero, ojo, también es un pecado. Y no venial. Consecuencias: piratear un libro, ¿se debe castigar como delito o como pecado?, ¿qué castigo le corresponde al que compra un libro pirateado?, ¿se deben quemar los libros pirateados, como propuso, luminosamente, un congresista analfabeto, con nostalgias inquisitoriales?, ¿se debe castigar al autor del libro pirateado?, ¿por qué los libros pirateados son mucho más baratos que los editados legalmente?, los autores, ¿escriben libros para que los vendan o para que los lean?, la venta y la compra, ¿son requisitos indispensables para que los libros sean leídos?, ¿es legal llevar una cama a las bibliotecas para leer un libro, sin necesidad de comprarlo, convirtiendo el placer de leer, en el prólogo del placer de dormir?, ¿sería razonable y justo equipar debidamente las bibliotecas para que los lectores puedan disfrutar el placer de placeres de leer en el wáter?, ¿es permisible soñar con el derecho al libro gratuito? (aunque sea prestado, mediante un sistema con rostro humano), ¿es una utopía liberar al libro del fundamentalismo de la teología de mercado?, ¿podrán los pobres, algún día, comer y leer sin pecar, sin delinquir, y sin milagros?

Decidí escribir estas líneas, un tanto amargas, no hace mucho, al encontrarme con el "hombre flaco bajo la lluvia", que venía caminando a mi encuentro desde un olvido muy lejano, cuando estaba preparando la publicación de un libro de cuentos, para el que no encontraba título. Mi hija Marcela me hizo recordar ese cuento, y añadió que su título era el ideal para mi libro, compuesto de "doce cuentos de soledad".

Dicen que en la vida las cosas nunca vienen solas; y en esa misma "esquina" me encontré con una editorial, que recién estaba naciendo, y que se llamaba "Matalamanga"; vocablo cantable y bailable, que no significa nada porque no existe; pero que significa mucho, precisamente, porque no existe. Y heme aquí, 28 años después de haber publicado mi último libro, y, en cierta forma, de haber abandonado la literatura, reencontrándome con ella, a través de este libro, que presentaré el martes 14, a las siete y media, en la casa de Víctor Delfín, en Barranco. Estás invitado, amable lector.

El libro: Símbolo de la cultura. Y en el Perú, de la incultura, ya convertida en un estado natural. Durante dos años participé, lo más activamente que pude, en el estudio y preparación del proyecto de una ley que apoyara el libro peruano, y que fomentara la lectura. Finalmente se aprobó el proyecto en el Congreso, gracias, en gran medida, al esfuerzo indoblegable y casi solitario de la congresista Elvira de la Puente, convertida en paladín, también casi solitario, de la cultura en el Parlamento.

Poco después, el poder Ejecutivo la promulgó y reglamentó. Ya tenemos la tan ansiada y necesaria Ley del Libro. Ya hemos ascendido alguito del bajísimo nivel cultural que nos coloca entre los países donde menos se lee.

Vengo de la cinematografía, que he abandonado, porque, con el limitado lapso de vida que me queda, me resulta imposible soñar siquiera con hacer una película. Regreso a la literatura, donde encontré una empresa editorial joven, que acogió con entusiasmo a mi "hombre flaco bajo la lluvia". Vengo del cine, donde está vigente una ley que ya no se aplica. Regreso al libro, donde ya está vigente una ley que aún no se aplica.

¿Qué sucederá? ¿Sucederá algo?

Con tal de no caer en esa reciente categoría legislativa a la peruana, sintetizada con las novedosas denominaciones siguientes: -Leyes olvidables: las que nunca se aplicarán. -Leyes imperfectas: las que se perfeccionarán algún día. -Reglamentos inútiles: los que reglamentarán provisionalmente las leyes imperfectas.

Armando Robles Godoy



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